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Preparación de la educadora montessoriana

  • hace 4 días
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Actualizado: hace 4 días

La educadora tiene que prepararse interiormente, estudiando con cuidado sus propios defectos. Pero para conseguirlo no se necesita ninguna perfección moral particular; lo que se necesita es la voluntad de buscar y de reconocer en sí misma aquellos defectos que pueden impedirle la comprensión del niño. Estos defectos son, principalmente, el orgullo y la cólera. La cólera es el pecado principal que nos impide comprender al niño; es la fuerza que se opone a la vida que surge. El orgullo es aún más peligroso porque se disfraza de autoridad y de dignidad. 


La educadora debe ser humilde y buscar la verdadera benevolencia. No basta con leer tratados de psicología o conocer la técnica del uso de los materiales; la preparación de la educadora es, ante todo, una preparación espiritual. Debe ser capaz de observar al niño con amor y respeto, reconociendo que el niño es el maestro de su propia formación. La educadora no debe ser un obstáculo entre el niño y el objeto. Su misión es preparar el ambiente y luego retirarse. El niño que no trabaja, el niño que molesta o que parece desorientado, es simplemente un niño que aún no ha encontrado el objeto que solicita su atención profunda. La educadora debe esperar con paciencia el momento en que se produzca el fenómeno de la concentración. 


La concentración es el inicio de la normalización. Cuando el niño se concentra por primera vez en un objeto, su carácter cambia; se vuelve tranquilo, sociable y muestra una disciplina interior que nace del trabajo espontáneo. En este momento, la educadora debe tener un cuidado extremo de no intervenir, de no romper ese vínculo sagrado entre el alma del niño y su actividad. 


El ambiente preparado es fundamental. Todo en el aula debe ser proporcionado al niño, bello y ordenado. Un ambiente así permite que el niño se desarrolle libremente y que sus energías naturales encuentren un cauce constructivo. La educadora debe cuidar el ambiente como si fuera un jardín; debe ser la custodia y la animadora de este espacio. 


El éxito de la educación depende de esta transformación de la educadora. Debe abandonar el sentimiento de autoridad tradicional para adoptar un sentimiento de servicio. Su presencia debe ser discreta, pero siempre atenta. Debe ser la "directora" en el sentido de que dirige las energías del niño hacia los objetos que le ayudarán a crecer, pero nunca debe imponer su voluntad sobre la del niño que está en proceso de autocreación. 


Vez la autoridad y el sentimiento de ser el ideal a que aspiraban y seguían los niños, y su felicidad la de ser directora o quizás inspectora. Pero quien pasa de este nivel al otro, comprende que ésa no es la verdadera felicidad. Quien ha bebido en las fuentes de la felicidad espiritual, abandona espontáneamente las satisfacciones que proporciona el grado superior en la jerarquía de la enseñanza, lo demuestra el caso de muchas directoras e inspectoras que han abandonado su carrera para dedicarse a los niños pequeños y convertirse en lo que los demás llamaban despectivamente «maestras de asilo». Tengo noticia de dos médicos de París que dejaron su profesión para dedicarse a nuestra tarea e ingresar en la verdad de estos fenómenos, y sentían haber salido de un nivel más bajo para acceder a uno superior. 


¿Cuál es el mayor indicio de éxito para una educadora así transformada? Poder decir: «ahora los niños trabajan como si yo no existiera». 


Antes de la transformación sentía lo contrario; sentía ser ella quien enseñaba, quien llevaba a los niños de un nivel inferior a uno superior; pero ahora, ante las manifestaciones del espíritu del niño, el valor más grande que puede dar a su aportación se expresa en las palabras: «He ayudado a esta vida a realizar su creación», y ésta es una verdadera satisfacción. La educadora de niños hasta los seis años sabe que ha ayudado a la humanidad en un período esencial de su formación. Puede no saber nada de los hechos materiales que afectan a los niños, ya que conocerá algunos porque los niños mismos se los explicarán hablando libremente; incluso puede no interesarse por lo que aquellos niños puedan ser más adelante, si frecuentarán la escuela secundaria y la universidad o si dejarán antes sus estudios; pero está contenta de saber que en el período formativo éstos han podido conseguir lo que debían. Dirá: «He servido el espíritu de estos niños y ellos han realizado su desarrollo, y les he acompañado en su experiencia.» La educadora, aparte de las autoridades a las que debe dar cuenta de su obra, siente su trabajo y la obra acabada en una vida espiritual plena que es una vida perpetua y que es en sí misma una oración pronunciada de la mañana a la noche.


Resulta difícil comprender esto si no se ha entrado en esta vida. Muchos creen que es debido a una virtud de sacrificio y dicen: «Qué humildes son estas educadoras, ni siquiera se interesan por su autoridad», y muchos dicen: «¿Cómo puede tener éxito vuestro método, si pretendéis que las educadoras renuncien a los actos más espontáneos y corrientes?» Lo que casi nadie comprende es que no se trata de un sacrificio, sino de una satisfacción, que no es una renuncia sino una vida nueva en la cual los valores son distintos, en la que existen verdaderos valores de la vida, antes desconocidos. Todos los principios de los demás son distintos: consideramos, por ejemplo, el de la justicia: en las escuelas, como en la sociedad humana e incluso en los países democráticos, la justicia sólo significa que existe una ley única para todos: para el hombre rico y poderoso y para el que muere de hambre. La justicia generalmente se conoce por los procesos, prisiones y sentencias. Los tribunales se llaman Palacios de Justicia, y decir «soy un hombre honrado», implica que no se tiene nada que ver con la justicia (policía o tribunales). Incluso en la escuela la educadora debe evitar acariciar a un niño, si no debería acariciarlos a todos: debe ser justa. Ésta es una justicia que coloca a todos en el nivel inferior, como si, en un sentido espiritual, cortásemos la cabeza de los más grandes para ponerlos todos a la misma altura. 


 En el nivel educativo superior, la justicia es verdaderamente espiritual, intenta que cada niño realice al máximo sus posibilidades. Justicia es dar a cada ser humano la ayuda que puede llevarlo a conseguir su plena estatura espiritual y quien sirve al espíritu en cualquier edad debe prestar ayuda a esas energías que permiten conseguirlo. Ésta será tal vez la organización de la sociedad futura. No se debería perder ninguno de estos tesoros espirituales, comparados con los cuales pierden todo valor los tesoros económicos. No importa que yo sea rica o pobre; si puedo realizar plenamente mi personalidad, el problema económico se solucionará solo. Cuando la humanidad podrá perfeccionar plenamente su espíritu, será más productiva y el aspecto económico perderá su valor preponderante. Los hombres no producen con los pies y con el cuerpo, sino con el espíritu y con la inteligencia, y cuando éstos hayan alcanzado el grado de desarrollo que deberían tener, todos los problemas insolubles estarán resueltos. 


Los niños construyen una sociedad ordenada sin ayuda. Los adultos necesitamos policía, prisiones, soldados, cañones. Los niños resuelven sus problemas en paz; nos han demostrado que la libertad y la disciplina son dos caras de la misma medalla, porque la libertad científica conduce a la disciplina. Habitualmente, las monedas tienen dos caras, una más hermosa, finamente labrada con una cabeza o una imagen alegórica, la otra menos adornada con sólo unas palabras o una cifra. La parte lisa puede compararse a la libertad y la otra tan labrada a la disciplina. Ello es tan cierto que cuando su clase se indisciplina, la maestra ve en el desorden el control de algún error que ha cometido, lo busca y lo corrige. La educadora de la escuela tradicional lo consideraría como una humillación; pero no es así, es una de las técnicas de la nueva educación. Sirviendo a los niños se sirve a la vida, ayudando a la naturaleza, se asciende al próximo peldaño de la supernaturaleza, ya que subir continuamente es una ley de la naturaleza. Y son los niños quienes han edificado esta hermosa construcción que se proyecta en la altura. 

 El orden es una ley de la naturaleza, y cuando el orden se consigue espontáneamente sabemos entrar en el orden universal. Evidentemente, la naturaleza ha incluido entre las misiones que ha confiado a los niños también la de impulsar a la humanidad adulta a un nivel superior. Los niños nos llevan hacia un nivel espiritual más elevado y resuelven los problemas del nivel material. 


Permitid que os diga como despedida algunas palabras que nos han ayudado a recordar todas las cosas de que he hablado. No es una oración, sino más bien un recordatorio y, para nuestras educadoras, una invocación, una especie de programa:


«Ayúdanos, oh Dios, a penetrar en el secreto del niño a fin de que podamos conocerlo, amarlo y servirlo según Tus leyes de justicia y siguiendo Tu divina voluntad.» 


María Montessori



 
 
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